La teoría y la práctica

La inédita crisis que vive la Argentina muestra facetas sorprendentes e inesperadas. En estos días es muy habitual ver cómo el ciudadano común culpa de todos nuestros males a los economistas, que con sus "recetas inexpugnables" llevaron al país hacia un impensado callejón sin salida. Pero también es frecuente que desde el llano se conciba a esos mismos economistas como seres irritados, atormentados, casi enfurecidos, porque comprobaron que todas las "indiscutidas leyes económicas del capitalismo", tan aplicadas por el país en los últimos años, no sólo no sirvieron, sino que generaron una verdadera catástrofe.

Desesperados, casi como novias que acaban de perder su sortija, los economistas se queman las pestañas revisando los libros que hablan sobre la evolución de los factores institucionales en el comercio internacional, sobre la marcha de la redistribución de la riqueza o sobre los aconteceres en torno a las políticas fiscales, sociales o del mercado del trabajo.

Leen, releen y vuelven a leer. Estudian y revisan lo que estudiaron. Se pelan el coco. Se excitan intentando llevar al milímetro las estadísticas sobre los indicadores de la economía real. Y se sonrojan, sorprendidos, cuando yerran algún pronóstico. Allá en los primeros meses de 2000, por ejemplo, surgió una confiable voz del firmamento de economistas argentinos que llegó a decir "La recesión ha muerto", pero meses más tarde, al comprobar que su anticipo no se cumplía, argumentó que el pronóstico había sido equivocado porque, eufórico, había considerado sólo dos de tres indicadores absolutamente necesarios para decir con seguridad que los años de vacas flacas habían terminado.

Pero ese, claro, no fue el único caso en el que las leyes no se cumplieron al pie de la letra. Ni por supuesto, aquella tampoco fue una situación ligada exclusivamente a la Argentina, país que (reconozcamos) nos tiene bastante acostumbrados a circular muchas veces por la banquina y a contramano. Por el contrario, también surgieron economistas que al analizar, por caso, la evolución de la distribución del ingreso en forma minuciosa, proclamaron que con buen crecimiento del PBI, menor presión impositiva y mayor orden en las cuentas públicas se llegaría sin ninguna duda a una economía más justa e igualitaria. Sin embargo, hubo otra sorpresa: cuando se les preguntó si esos tres factores se cumplieron en los Estados Unidos de Ronald Reagan o en la Gran Bretaña de Margaret Tathcher, respondieron afirmativamente. Y cuando se quiso saber si en esa época mejoró en esos países la distribución del ingreso, la respuesta fue "No". ¿Por qué? "No sabemos", fue la contestación que supieron dar. Saturados por la teoría del modelo ideal, tampoco en este caso tuvieron dudas sobre la eficacia a ultranza de las leyes económicas, olvidando que algunas veces aparecen variables que desarticulan toda palabra escrita (o acaso el mundo no era plano antes de Colón).

Pero por encima de esa situación, viajando más hacia la médula del problema, hubo otros economistas más prácticos que se pusieron a revisar las reglas del comercio internacional. Allí, con acierto, hicieron hincapié en la productividad y la competitividad como los engranajes clave para el crecimiento.

Luego de horas y horas de análisis observaron que durante la década del 90 la Argentina había crecido mucho pero no en todas las iniciativas empresariales, sino en las que supieron organizar adecuadamente su producción. Para poder adivinar cómo se gesta el crecimiento esos economistas tomaron información, a través del INDEC, de las 300 empresas más grandes de la Argentina, y chequearon qué hicieron en cuanto a la inversión, el empleo y la propia organización, como su capacidad para reducir costos. Nuevamente sorprendidos, encontraron que las pocas historias exitosas no correspondieron unívocamente con fenómenos sectoriales (a pesar del fuerte apoyo que le dio el Gobierno a, por ejemplo, la industria automotriz), sino que esos buenos resultados surgieron, más bien, de factores que emergieron de cada empresa. Dicho en criollo: el crecimiento pareció estar ligado esencialmente a acciones individuales; algunos empresarios o gerentes fueron más efectivos para bajar costos y mejorar los procesos.

Esos hombres de la economía también se dieron cuenta de que, en la década pasada, el 20% de las empresas explicaron el aumento de la productividad de la economía. Y el 80% restantes fueron compañías que crecieron a tasas bajas, firmas que decrecieron, o directamente iniciativas que entraron al mercado, fracasaron y luego desaparecieron, sin estar acumuladas en un sector determinado, sino salpicadas a lo largo de toda la actividad económica.

Así, enfurecidos porque sus teorías chocaron otra vez con la realidad, estos economistas llegaron a la conclusión de que es casi imposible pronosticar cómo y por dónde va a saltar el crecimiento, descartando de ese modo, casi por completo, la aplicación de políticas de incentivos gubernamentales, ya que ningún burócrata de turno puede tener la habilidad como para saber a quién ayudar o no, porque se corre el riesgo de tirar recursos en un saco roto.

La conclusión a la que estos economistas llegaron es que si el Gobierno deja hacer negocios en un ambiente razonable, predecible, se pueden obtener los mejores resultados, siempre tratando de bajar los costos reales. "Porque -concluyeron- el crecimiento evidentemente no es un proceso de levadura, donde todo crece a partir de una expansión general, sino que es similar a la multiplicación de los hongos, con empresas que crecen y decrecen en forma desordenada, sin anticipación posible".
Esto es así porque es bajísima la probabilidad de identificar qué empresas serán exitosas y cuáles no. Ocurre que hay ondas tecnológicas que hacen que las áreas crezcan con distinto ritmo y no hay factores a priori que permitan anticipar quiénes van a crecer más. Entonces, hay baja probabilidad de éxito para políticas elegidas que intenten anticipar ganadores, por lo que la idea de una buena política pública debe ser dar incentivos generales, y dejar hacer. Liberar de obstáculos a los mercados, desde los más grandes a los más chicos, desde la tasa de interés hasta los requisitos para instalar una empresa.

En ese sentido, como ayuda al problema, los economistas reiteran la necesidad de tener la economía abierta para contar con la incorporación de tecnología rápida. Repiten que hay una asociación entre el crecimiento de la productividad y las empresas exportadoras, ya que éstas junto con las que invierten en tecnología informática, son las que tienen una productividad más alta.

Ahora bien, una vez seguido todo este razonamiento y sobre todo después de haber comprobado cuál fue el resultado para la sociedad argentina, es probable que durante unos segundos los economistas deban dejar de lado todos sus libros, y que vuelvan a las fuentes, a las verdades del almacenero, y a los conocimientos históricos que han llegado hasta aquí casi de boca en boca, por la experiencia vivida por la gente.

Quizás haya que volver hasta muy atrás, a la sabiduría de los griegos. Hace 2500 años, cuando atenienses y espartanos se tiraban de las pestañas, la cultura helénica determinaba que el vocablo "economía" provenía de la palabra oikonómos, que significa administrador, intendente. Y el economista es el que se ocupa de revisar las leyes de producción y distribución de bienes para satisfacer las necesidades humanas más diversas.

Pero los griegos, que mucho de sabio tuvieron, también vincularon el prefijo "eco", la primera parte de la palabra economía, con una leyenda mitológica muy original. Contaban que Zeus, el dios más poderoso del Olimpo, un día quiso escapar de los celos y la vigilancia de su esposa Hera, y le pidió a la ninfa Eco que la entretuviera con sus historias, así podría bajar a la Tierra para hacer sus travesuras. Eco, para complacer a Zeus, fue hasta donde estaba Hera para relatarle historias fantásticas, con su voz melodiosa. Tan armonioso fue el relato, que Hera se durmió y Zeus pudo escaparse sin que su esposa se enterara. Pero después de un tiempo, Eco empezó a preocuparse, porque Zeus no volvía y su esposa empezaba a despertar. Al volver en sí, sorprendida, le preguntó a Eco: "¿Qué me hiciste?", y se dio cuenta de la trampa. Eco, suplicando, intentó narrarle otra historia, pero Hera le gritó "¡Cállate!!!", y en ese momento todo el Cosmos guardó silencio. Entonces la diosa sentenció: "Ya que tanto te gusta hablar, te condeno a que nunca más puedas hacerlo. Si alguna palabra sale de tu boca, será solamente para repetir lo que digan los demás". Eco, desconsolada, se alejó para siempre del Olimpo, y se habituó a vivir en cuevas y peñascos, desde donde repite las voces de los seres que se le acercan.

Muchos podrán decir que asociar el "eco" con los economistas es una vinculación un tanto antojadiza. Pero los pícaros griegos, que no daban puntada sin hilo, probablemente hayan querido decirnos que la economía o los economistas (y los periodistas) algunas veces repiten, hasta el cansancio, recetas o leyes como si se trataran de verdades absolutas. Y sin embargo, es posible que en determinados momentos esos dogmas no funcionen.

Tal vez muchos economistas se olvidan de que el crecimiento no cae del cielo, ni es decretado, sino que surge de un conjunto de seres humanos que se levanta cada día y dice qué podemos hacer por cada uno de nosotros. Y en esto, los que se ocupan de eliminar los obstáculos y de armar las estrategias, probablemente hayan olvidado la ley esencial del almacenero: "Ya tenemos la empresa, ya contamos con los productos, ya determinamos los precios, y lo único que nos falta son nada menos que los compradores".

¿Acaso alguien se ocupa de armar estrategias para vender los productos argentinos? Todo el mundo sabe muy bien que, desde lo teórico, los economistas piensan en un sinnúmero de mecanismos para facilitar el comercio. Esos mecanismos buscan liberar tensiones, levantar barreras, pero no alcanzan para salir a la conquista del mercado. Por eso, ¿la punta del ovillo, dónde está?, ¿quiénes son los que se dedican a armar las redes de vendedores para salir a la caza de los que compran? Sin ese anzuelo vital jamás se cerrará el ciclo y seguiremos sin recibir las divisas que tanto necesitamos para salir de este pantano y volver a crecer.