Luis Varela

SABER INVERTIR

Edición en línea del Martes 15 de diciembre de 2020

 

 

LOS HILOS DE LA MEMORIA

 

Un recuerdo de la niñez: "Co chi vai oh"

Escribe LUÍS VARELA
luisalbertovarela@hotmail.com

Termina un año difícil. Inesperado. Jamás hubiera imaginado que íbamos a vivir un momento como este. Soy nacido en Buenos Aires, hijo de dos gallegos hermosos. Mi viejito se me fue hace 918 días (podría ponerlo en minutos y segundos, por cómo lo extraño). Mi viejita sigue conmigo, firme, irrenunciable, acercándose a los 90. Tiene algunas ñañas, pero en vez de quejarse, me cuida a mi. Me dice todo el tiempo que coma almendras y brócoli (puaj) y yo quiero tortas de crema con frutillas. Como algunos deben saber, lo que más entretiene mi cabeza está ligado a la economía y a las finanzas. Pero con esto de la maldita pandemia se volvieron a conectar lazos con el terruño. Varios primos de Coruña y gallegos o descendientes de distintos países americanos me reclamaron que cuente alguna historia ligada a los galleguitos. Se me ocurrieron varias puercas, que no podré contar, para que no me reten. Pero me hace sonreír una que está al límite y que a lo mejor pasa sin que me claven alguna amonestación. Esto que voy a relatar ocurrió en secuencia, comenzó en la década del 60 y se completó en los 90. Mis viejos, con mi hermoso Padrino Manolo y mi querida tía Encarnación, llegaron en los 50. Al comenzar la década del 60 mi hermana Lili ya tenía 5 y yo 3. Cada vez que aparecía un franco, ya que los cuatro galleguitos no paraban de trabajar, nos corríamos a visitar a gallegos que vivían en distintos puntos de la ciudad. Mis viejos tenían un bar, y su idioma aporteñado porque estaban en constante contacto con porteños arrabaleros en el bar que tenían en La Boca, y en consecuencia en mi casa no se hablaba mucho gallego. Pero cada vez que llegábamos de visita a cualquier casa de otro gaita, como si apareciera un archivo desde el disco rígido del hipotálamo, todos empezaban a hablar en gallego, ni una palabra en castellano, y yo me quedaba con la boca abierta, entendiendo algunas cosas, adivinando otras e ignorando la mayoría. Uno de los tantos diálogos que me quedó grabado fue el saludo inicial que se daban mi papá con alguno de los parientes. Lo voy a escribir medio en fonético, ya que no tengo la menor idea de cómo se escribe realmente en gallego cierto. Mi papá entraba y preguntaba: "Co chi vai o!!!", y la respuesta en todas partes era la misma "Como caraio", y luego risas. Entrábamos a otra casa, y de nuevo lo mismo: "Co chi vai o!!!", "Como caraio". Y asi casi todas las veces. Yo, siendo nene, solo escuchaba y no preguntaba demasiado, así que en aquel entonces me quedó la duda. Con los años, mi viejito hermoso, un jugador de toda la cancha que te devolvía todas redondas, preparadas para que vos hagas el gol, me fue contando anécdotas de sus primeros 24 años de vida en Galicia. Y, de la millonada de parientes que tenía, me llenó de cuentos divertidos con el hermano mayor, de 14 hermanos, un ser humano gigantesco, el único que pudo repetir el modelo de su padre, con sus propias tierras y un montón de hijos. Mi viejo siempre me decía: José? Mi hermano mayor? Un varón sin igual? Divertido, un tigre, ingenioso. Si yo lo admiraba a mi viejo, imaginen lo que sembró en mi, y en los 90, ni bien pude ir a Galicia de visita, solo, porque mi trabajo me había llevado a España y me corrí a hacerle una visita a la familia, pasé por supuesto por Buño, el nido inundado de cariño donde nació mi mamá, luego estuve en Vigo, en Malpica, en La Lagoa. Y mientras recibía afecto, cariño y sonrisas, les decía: ¿Cómo hago para ir a ver a tío José, vive en Laorada? Y hasta que me llevaron. Me recibió con una mesa larga, interminable, llena de quesos, panes y no se cuántas cosas. Se lo veía feliz. Su felicidad me transmitía en realidad todo lo que quería a mi viejito. Fuimos comiendo, nos pusimos un poco al día, como está tal, donde vive, qué hace, y cosas así. Me preguntaba cómo era el nuevo mundo, Buenos Aires, y le fui contando. Con cada detalle lineal mío, me devolvía una carambola a tres bandas, puro humor. Lanzaba chistes intrincados, y me miraba. Si veía que los entendía, seguía. Si mis ojos no se encendían, se desalentaba.... no entendió, pensaba. Con el correr de la charla, que duró como tres o cuatro horas, me fui dando cuenta que era lo que se dice un "pillo". Su habilidad para esquivar le cambiaba el final a la película de Woody Allen. Sin lugar a dudas, mi tío José robó, huyó y no lo pescaron, en innumerables veces. Pero ojo: robos bíblicos, esos que se les hace al poderoso, que te quita el pan con argumentos inexplicables. En Argentina muchos sabemos sobre eso, de impuestos abusivos que nos empobrecen día tras día, pero ese es otro cuento. El caso es que con su habilidad, mi tío José fue el único que pudo prosperar en la españa de los 60' y los 70', algo que casi nadie pudo lograr. Era tan elocuente con sus anécdotas, que en medio de la charla recordé aquél saludo que se hacía mis viejos, con todos los galleguitos. Y le dije. Tio, vos sabés que al gallego lo entiendo bastante, pero hay algunas cosas que se me escapan, tengo la idea, pero no el detalle. Y hay un saludo y una respuesta que repetía mi viejo con sus coterráneos en Buenos Aires, y me gustaría, si se puede, tu explicación. Como no ohhh, dime tu, ¿qué era? Y le dije, mi viejo llegaba a la casa de otro gallego, y ni bien abría la puerta preguntaba, "Co chi vai o!!!", y le respondían, "Como caraio". Tío, explicame, qué cosa es realmente el caraio. Y se empezó a reir sin parar: "Hombre, es muy fácil, me extraña de ti que no lo percibieras. El caraio es el pito de los hombres grandes, que está caído y sin fuerzas". Nos reimos cinco minutos sin parar, e inmediatamente me dijo: "tienes que quedarte a cenar, esto va a ser divertido".

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