Luis Varela

SABER INVERTIR

Edición en línea del Sábado 3 de setiembre de 2016

 

 

INFLACIÓN QUE TE QUIERO TANTO: EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO

 

La radiografía de un cartel muestra el mal que nos enferma

Escribe LUÍS VARELA
luisalbertovarela@hotmail.com 

El lugar es Boston, en el estado de Massachussets, en el norte de la costa este de Estados Unidos. La escena se desarrolla en una estación cualquiera de subte. En EE.UU. al subte se lo llama tubo, o simplemente T, la inicial de la palabra tubo. El punto de referencia es un kiosco típico de subte, con nombre y apellido, no muy jugado, Mr. T (foto). En la parte de arriba del kiosco hay un cartel prominente, con una síntesis de todo lo que se ofrece, con sus respectivos precios.

Allí puede verse: soda y chips 1 dólar; jugo de naranja o manzana o agua chica o café mediano 1,50; candys (caramelos) 1,65; té y popcorn 1,75; snapple, Gatorade, botella de soda, agua grande, cafe largo, chocolate caliente, pretzel, pancho o patty 2 dólares; limonada grande Nantucket 2,25, bebida energizante Red Bull 2,75; torta con café 3,50 y lo más completo de este lugar: dos panchos y una soda 4,50 dólares.

Considerando el precio del dólar de este momento, poco más de 15 pesos, vemos que una soda se paga hoy en un subte de Estados Unidos 15 pesos; un jugo un agua o un café 23 pesos; un Gatorade, un cafe grande, un submarino, un pancho o un patty 31 pesos; una red bull 42 pesos, una torta con café 53 pesos y dos panchos y una soda nada menos que 69 pesitos. Y el dato que más sobresale de todo el cartel es que los candys, es decir los caramelos, tienen un precio original y un precio pegado encima: subieron de 24 a 25 pesos.

El primer gran elemento que surge de este cartel, que no es un promedio, ni mucho menos, sino apenas un indicador (un subte de Boston, una de las ciudades más caras de Estados Unidos) es que los precios que se pagan en la Argentina, al menos en los kioscos, no son tan caros en comparación con lo que se paga en EE.UU., como se repite sin cesar, una y otra vez en los diarios, las radios y la televisión argentinas. Si uno recorre los kioscos de subte de la Ciudad de Buenos Aires se encuentra con que los precios de todas estas cosas están bastante en línea con ese cartel, o mas menos 15%, sin que haya una distancia tan pronunciada.

Pero el dato probablemente más significativo de esta foto tiene que ver con el papelito pegado sobre el precio de los candys, los caramelos. El cartel de la foto, todo entero, con letras y precios impresos indelebles, está en el subte con superficie plastificada, bastante limpia para el lugar, y lo particular del caso es que todos los precios están intactos, salvo el de los caramelos, que como puede verse tiene un papel pegado encima, mugriento, humedecido y sucio por el paso del tiempo.

Frente a esa rareza, el alma de periodista me llevó a entrevistar al que atendía Mr T, y el diálogo fue el siguiente:
Periodista: - Hola, como está?
Kioskero: Bien, qué necesita?
P: Es usted dueño de este local?
K: Si, trabajo aquí desde hace mucho
P: Y dígame, este cartel, es nuevo?
K: No, tiene mas o menos cinco años
P: Con los precios sin moverse?
K: Si, quietos, no cambió casi nada desde que salimos de la crisis hipotecaria.
P: Y el papelito que está sobre el precio de los candys.
K: Ese lo puse en Navidad del año pasado, los candys subieron de 1,60 a 1,65.
P: Y por que se chamuscó el papelito de esa manera?
K: Sucede que aquí hace mucho frio en enero y febrero, y la humedad afectó al papel; el cartel está preparado para eso, pero el papel que pegué no.

Lo significativo de todo este relato es señalar que los precios de las cosas no se han movido en EE.UU. durante los últimos quince años. Allá (o en otros 70 países del mundo) casi nadie habla de inflación, ni de precios para arriba, ni de valores adelantados o atrasados. Por eso los diarios, las radios y los canales de televisión no están con páginas y páginas, minutos y minutos, hablando y calculando diferencias. Eso ahorra un embrollo colosal y, sobre todo, no abre peleas difíciles entre empresas y sindicatos.

Al no haber inflación, la sociedad se ahorra de estar sumergida en un laberinto con miles de horas de discusión, que desde el principio hasta el fin deja a todos parados exactamente en el mismo lugar que en el principio, sin haber avanzado absolutamente nada. Y lo peor del caso es que mientras aquí no se avanza, otros sí lo hacen: emplean el tiempo en el que se discuten índices ridículos en búsqueda de formas de desarrollar la ciencia, las ideas, la producción, los bienes…

La gente no se enloquece por mantener el valor de sus ahorros. Casi todas las cosas que valen hoy, vale casi lo mismo mañana. En vez de estar meses discutiendo cuánto hay que subir o bajar salarios o alquileres, la gente sabe que en un trabajo gana 10 y que por rentar una casa paga 10, y que seguirá siendo así. Y con esa estabilidad se abre otra perspectiva: el equilibrio de precios permite hacer pensar mejor a los individuos si le conviene trabajar en ese lugar, si es bueno vivir en ese departamento... Todo se puede comparar mejor. La estabilidad ayuda a entender.

Ahora bien, los lectores protestarán: ¿qué culpa tenemos nosotros, que no somos los que fomentamos la inflación? Y es cierto, la base de la inflación surge porque tenemos un Estado que recauda 82 y gasta 100. Los 18 pesos que le faltan, Cristina Kirchner los completaba imprimiendo pesos y Mauricio Macri los completa imprimiendo bonos, que son pesos futuros. Los dos, de un modo u otro, aumentan la cantidad de dinero por encima de la cantidad de bienes, y a mayor número de billetes, en algún lado de la cadena surge la sobre-demanda, y allí se fomenta la inflación.

Después, por supuesto, está la responsabilidad de cada consumidor, que compra igual aunque un precio haya subido hasta las nubes. Es usual escuchar: “Qué barbaridad!!! El kilo de manzanas subió de 20 a 35 pesos, pero no lo reemplazo por peras, me gustan las manzanas, lo pago igual”… y la ola inflacionaria se multiplica.

De ese modo, en lo que pudo haberse convertido en un punto de partida para poder crecer, fijando la base de un camino estable, terminamos gatillando otra rueda de precios que suben y suben sin parar, fomentando una de las principales enfermedades que mantienen a la Argentina siempre lejos del desarrollo que podríamos tener para nuestras familias.

 

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